El amor por ideas muertas: la necrofilia ideológica – Moisés Naím

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Los necrófilos políticos aman más el poder que las ideas con las que manipulan a sus seguidores.

La necrofilia es la atracción sexual por cadáveres. La necrofilia ideológica es el amor ciego por ideas muertas. Resulta que esta patología es más común en su vertiente política que en la sexual.

Como todas, esta patología tiene casos más leves, y hasta cómicos, y otros más extremos y peligrosos. Tomemos a los seguidores de Mao, por ejemplo. “El comunismo es el sistema más completo, progresivo, revolucionario y racional en la historia de la humanidad… Solo el sistema ideológico y social comunista está lleno de juventud y vitalidad”, escribía Mao Zedong en su célebre ‘Libro rojo’. Mientras China repudia a Mao y alcanza éxitos que él jamás imaginó, en otros países siguen surgiendo políticos que se enamoran con fervor suicida del maoísmo.

En Nepal, por ejemplo, el Partido Maoísta aún tiene seguidores e influencia política. En la India, Colombia, Italia y en Perú, entre otros, hay grupos políticos que no ocultan sus simpatías maoístas.

Pero no es solo el maoísmo. Hay líderes que veneran ideas económicas que ya se probaron en sus propios países, con trágicas secuelas de atraso, miseria y corrupción. En Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, por ejemplo, es sabido que los funcionarios bien formados y capaces de desempeñar su trabajo con eficiencia y honestidad son muy escasos. Sin embargo, los presidentes de esos países están enamorados de un modelo que supone la existencia de una superabundancia de empleados públicos probos y competentes. Y cada vez que nacionalizan empresas, las ponen en manos de burócratas que no tienen ni la más remota idea de cómo gestionarlas y que las acaban haciendo naufragar.

La necrofilia ideológica no solo afecta a las izquierdas. También es fácil encontrarla entre los fundamentalistas del libre mercado. Ni siquiera el cataclismo económico que vivió el mundo por la crisis que estalló en el 2008 los hace dudar de su convicción de que los mercados son eficientes, tienden naturalmente al equilibrio y que, por ello, la intervención de los gobiernos para estabilizar las economías es innecesaria o contraproducente. O que los bancos pueden autorregularse y no requieren de mayor control estatal o que, por sí solo, el mercado generará los incentivos necesarios para proteger el medioambiente.

La economía no es el único terreno fértil para la necrofilia ideológica. Basta recordar a los políticos que en EE. UU. niegan la validez de la teoría de la evolución y luchan por limitar la enseñanza del darwinismo en las escuelas, o a los defensores de la mutilación genital femenina o del uso del burka.

O basta oír a Donald Trump. Extraditar 11 millones de latinos de los EE.UU., construir un muro con México (pagado por ese gobierno) o prohibir la inmigración de musulmanes son algunas de sus ideas. ¿Verdad que suenan tenebrosamente conocidas? Ted Cruz, el vencedor de las recientes elecciones primarias del Partido Republicano en Iowa, claramente padece de necrofilia ideológica. Según Cruz, la manera de acabar con el Estado Islámico es a través del ‘carpet-bombing’, el bombardeo a saturación de una vasta zona del Oriente Próximo donde opera Isis. Esto ignora el pequeño detalle de que las ideas –y los adeptos– de Isis están floreciendo en Europa, EE. UU. y Asia, y que hoy Isis es más una idea que una organización.

El amor es ciego y el amor por ideologías que además ayudan a mantenerse en el poder no es solo ciego, sino también muy conveniente. En el fondo, los necrófilos políticos aman más el poder que las malas ideas con las que manipulan a sus ingenuos seguidores.

Moisés Naím