#Fragmento El Cielo Se Toma Por Asalto – Pablo Iglesias Turrión

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Esperaban parapetados en sus palacios el asalto de los bárbaros. Apretaban los dientes y soñaban que la máquina del fango diezmara las filas de la aguerrida horda de oro. Imaginaban a salvajes escoceses capitaneados por Wallace cargando desordenadamente hacia ellos.
Pero entonces levantaron la vista y miraron atrás, y comprobaron que los bárbaros ya habían entrado en los palacios. No tenían un aspecto tan aguerrido, eran apenas ciudadanos armados de escobas y fregonas (se trataba de limpiar al fin y al cabo) que habían entrado por las puertas de las instituciones.
Todo el mundo lo reconoce ya: España ha cambiado y sus instituciones han empezado a hacerlo también.
Mientras la vieja guardia, que muere pero no retrocede, esperaba un asalto frontal, centenares de miles de ciudadanos marcharon pacíficamente en Madrid el 31 de enero señalando que 2015 sería el año del cambio (¿ recuerdan a Esperanza Aguirre comparando aquella movilización con la marcha sobre Roma de Mussolini?). Mientras la vieja guardia afilaba sus lanzas para contener la carga, Manuela Carmena, Ada Colau, José María González Kichi, Pedro Santisteve, Xulio Ferreiro y otros levantaban el bastón de mando en las principales alcaldías del país. Mientras la vieja guardia preparaba aceite hirviendo para arrojarlo desde las almenas de sus castillos, las tertulias se llenaban de treintañeros y nuevos políticos de viejos partidos se remangaban las camisas, se quitaban las corbatas y ensayaban frente al espejo frases como «subir los impuestos a los ricos», «renta mínima garantizada», o «mi patria son las escuelas y los hospitales públicos».
Mientras la vieja guardia se colocaba las armaduras, los sonrientes vendedores de preferentes naranjas renegaban de su corazón azul y practicaban frente al espejo frases como «hay que seducir a Cataluña», o «yo también derogaré la ley mordaza, pero poco». La vieja guardia seguía esperando el asalto y, mientras, cientos de ciudadanos sin experiencia parlamentaria demostraban en semanas que se puede ser diputado cobrando tres salarios mínimos y hacerlo mucho mejor que los diputados de la vieja guardia y los grandes sueldos.
El asalto es ya imparable y algunos siguen esperando que la película termine en una gran batalla final como en El señor de anillos. Vamos a seguir asaltando el cielo, sí, pero llamando al timbre. Cuando un país entero ha cambiado no son necesarias batallas finales, basta caminar tranquilamente. Cuando un país entero ha cambiado, los asaltos no los protagonizan guerreros jóvenes y musculados como en las películas, sino ciudadanos de rostro múltiple, madres de familia con jornadas de 15 horas, abuelos que dan la cara por los suyos estirando la pensión para ayudar a sus hijos. Cuando un país ha cambiado, los asaltos los protagonizan nietas exiliadas que vuelven para votar, autónomos que sonríen al ver en televisión a un científico en silla de ruedas y piensan «ya llegan los míos», parados que ven a un rubio enclenque y brillante y sonríen como la sirvienta de la familia Tocqueville en 1848, huelguistas de Coca-Cola que comparten tabaco con un abogado al que los pantalones le quedan grandes y piensan que ya llegan los suyos, amas de casa que ven en un programa matinal a una joven de sonrisa luminosa defender con vehemencia sus ideas y sonríen, profesionales de las fuerzas armadas que no dan crédito («¿ Julio? ¿Mi general?»), pequeños empresarios que ven a una mujer con una niña de la mano y un bebé en brazos hablando de encuestas y sonríen. Cuando un país cambia, los héroes son trabajadores andaluces que sonríen cuando ven a su Teresa dar la cara o a un ingeniero sevillano con tatuajes explicar nuestro programa. Cuando el país entero ha cambiado, policías y guardias civiles ven a quien se partía la cara defendiendo sus derechos haciendo campaña en Cádiz y piensan «ya vienen los míos».
Cuando un país ha cambiado, los asaltos son un paseo de la gente.