#Fragmento Nacionalismo Cívico y Étnico

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Como doctrina política, el nacionalismo es la idea de que los pueblos están divididos en naciones y que cada una de esas naciones tiene derecho a la autodeterminación, bien como unidades de autogobierno dentro de estados nación ya existentes, bien como estados nación mismos.

Como ideal cultural, el nacionalismo es la creencia de que aunque los hombres y las mujeres tienen muchas identidades, es la nación la que les proporciona la forma primaria de pertenencia.

Como ideal moral, el nacionalismo es una ética del sacrificio heroico, que justifica el uso de la violencia en defensa de la nación propia frente a los enemigos internos y externos.

Estas concepciones, política, moral y cultural, se refuerzan recíprocamente. La consideración moral de que las naciones tienen derecho a ser defendidas por la fuerza o la violencia parte de la consideración cultural de que las necesidades que satisface en cuanto a protección y pertenencia son de una importancia superior. La idea política de que todos los pueblos deben luchar por ser naciones se basa en la idea cultural de que solo una nación puede satisfacer esas necesidades. A su vez, la idea cultural avala la propuesta política de que esas necesidades no pueden ser satisfechas sin la autodeterminación.

Todas estas ideas son discutibles, y ninguna es evidente por sí misma. Muchas de las tribus del mundo y de las minorías étnicas no piensan en sí mismas como naciones; muchas no buscan ni reclaman un estado propio. Tampoco es obvio que la identidad nacional debe ser un elemento más importante de la identidad personal que ningún otro; ni que la defensa de la nación justifique el uso de la violencia.

Pero por el momento lo que importa es que una cuestión central del nacionalismo es establecer las condiciones bajo las cuales está justificada la fuerza o la violencia para defender a un pueblo, cuando su derecho a la autodeterminación está en riesgo o es negado. Autodeterminación puede significar en este contexto tanto autogobierno democrático como el ejercicio de la autonomía cultural, según si el grupo nacional en cuestión crea que puede alcanzar sus objetivos dentro de un estado ya existente o si busca un estado propio.

En todas las formas del nacionalismo, la soberanía nacional reside en «el pueblo»; de hecho, la palabra «nación» es a menudo un sinónimo de «el pueblo», pero no todos los movimientos nacionalistas crean regímenes democráticos, porque no todos los nacionalismos incluyen a todo el pueblo en su definición de lo que constituye la nación.

Un tipo, el «nacionalismo cívico», mantiene que la nación debe estar formada por todos aquellos que suscriben el credo político de la nación, independientemente de su raza, color, fe, género, lengua o etnia. Este nacionalismo se llama cívico porque considera a la nación como una comunidad de ciudadanos iguales poseedores de derechos, unidos por un vínculo patriótico a un conjunto compartido de usos y valores políticos. Este nacionalismo es necesariamente democrático ya que la soberanía reside en todo el pueblo. Algunos elementos de esta formulación fueron alcanzados por primera vez en el Reino Unido. A mediados del siglo XVIII, Gran Bretaña ya era un estado nación compuesto por cuatro naciones, la irlandesa, la escocesa, la galesa y la inglesa, unidas por una definición cívica más que étnica de pertenencia, es decir, por un vínculo común con ciertas instituciones, la Corona, el Parlamento y el imperio de la ley. Pero no fue hasta las revoluciones francesa y americana, y la creación de las repúblicas en estos países, cuando el nacionalismo cívico emprendió la conquista del mundo.

En la práctica, ese ideal resultó más fácil de implementar porque las sociedades de la Ilustración eran étnicamente homogéneas o se comportaban como si lo fueran. Quienes no pertenecían a la clase política con derecho a voto de hombres blancos con propiedades, o sea los trabajadores, las mujeres, los esclavos de color y los pueblos indígenas, estaban excluidos de la ciudadanía y por tanto de la nación. Durante todo el siglo XIX y el arranque del xx, estos grupos lucharon por su inclusión. Como resultado de esa lucha, la mayoría de los estados nación occidentales ahora definen su nacionalidad en términos de una ciudadanía común, no de un origen étnico común. Una excepción prominente es Alemania.

La invasión y ocupación napoleónicas de los principados alemanes en 1806 desató una ola de furia patriótica alemana y de retórica romántica contra el ideal francés del estado nación. Los románticos alemanes defendían que no era el estado el que creaba la nación, como pensaba la Ilustración, sino la nación, el pueblo, lo que creaba el estado. Lo que daba unidad a la nación, lo que la convertía en un hogar, el foco de un vínculo apasionado, no era la fría arquitectura de los derechos compartidos, sino las características étnicas preexistentes: lengua, religión, costumbres y tradiciones. La nación como Volk, como pueblo, había comenzado su largo y turbulento camino en el pensamiento europeo. Todos los pueblos que en la Europa del siglo XIX estaban bajo el dominio de un imperio (los polacos y los bálticos bajo el yugo ruso, los serbios bajo el turco, los croatas bajo el habsburgo) miraron al ideal alemán de nacionalismo étnico al articular su derecho a la autodeterminación. Cuando Alemania consiguió la unificación en 1871 y alcanzó la categoría de potencia mundial, su logro fue una demostración del éxito del nacionalismo étnico a todas las naciones cautivas de la Europa imperial.

De estos dos tipos de nacionalismo, el cívico se ajusta mejor a la realidad sociológica. La mayoría de las sociedades no son monoétnicas, e incluso cuando lo son, un origen étnico compartido no borra por sí mismo las divisiones internas, ya que la etnicidad es solo una de las muchas lealtades a las que se debe un individuo. Según el nacionalismo cívico, lo que mantiene unida una sociedad no son unas raíces comunes sino la ley. Al suscribir un conjunto de procedimientos y valores democráticos, los individuos pueden combinar el derecho a vivir sus propias vidas con la necesidad de pertenecer a una comunidad. Esto, a su vez, asume que la pertenencia a una nación puede ser en cierto modo un vínculo racional.

El nacionalismo étnico, en cambio, defiende que los vínculos más profundos de un individuo son heredados, no elegidos. Es la comunidad nacional la que define al individuo, no los individuos los que definen la comunidad nacional. Esta psicología de la pertenencia puede ser más profunda que la del nacionalismo cívico, pero la sociología que la acompaña es mucho menos realista. Por ejemplo, el hecho de que dos serbios compartan identidad étnica les puede unir frente a los croatas, pero no les impedirá enfrentarse por trabajos, pareja, recursos escasos y más cosas. Una etnicidad común no crea por sí sola cohesión social ni una comunidad, y cuando fracasa al hacerlo, como siempre ocurre, los regímenes nacionalistas acaban necesariamente manteniendo la unidad por la fuerza, no por el consentimiento. Esta es una de las razones por las que los regímenes nacionalistas étnicos son más autoritarios que democráticos.

También pueden resultar autoritarios porque son, fundamentalmente, un tipo de democracia ejercida en el interés de la mayoría étnica. La mayoría de los nuevos estados nación surgidos de la guerra fría simulan defender la idea de una sociedad de iguales y protegen los derechos de las minorías. En la práctica, nuevos países como Serbia y Croacia, los países bálticos o las nuevas repúblicas asiáticas, han institucionalizado el dominio de la mayoría étnica. El nacionalismo étnico es una tentación especial para aquellas mayorías étnicas, como los ucranianos o los pueblos bálticos, antiguamente gobernadas por las minorías rusas apoyadas desde Moscú.

A veces se dice que el nacionalismo étnico autoritario solo surge allí donde el nacionalismo cívico nunca ha llegado a establecerse. Según esta opinión, el nacionalismo étnico ha florecido en Europa Oriental porque cuarenta años de gobierno comunista destruyeron toda la cultura cívica o democrática que la región pudo llegar a tener. Si eso es cierto, el nacionalismo étnico no debería poder penetrar con fuerza en sociedades con fuertes tradiciones democráticas. Por desgracia, no es así. El racismo europeo es un tipo de nacionalismo étnico blanco; de hecho, es una revuelta contra la esencia del nacionalismo cívico, contra la propia idea de una nación basada en la ciudadanía en vez de la etnicidad. Esta revuelta está ganando terreno en países como Gran Bretaña, Italia, Francia, Alemania o España, con una considerable experiencia democrática, aunque en distintos grados.

En todos estos lugares, el atractivo fundamental del nacionalismo étnico se basa en ser un argumento a favor del dominio de la mayoría étnica, para mantener a los enemigos controlados o para acabar con una historia de subordinación cultural. En las naciones de Europa del Este, el nacionalismo étnico ofrece algo más. Cuando el Imperio soviético y sus regímenes satélite se hundieron, las estructuras de los estados nación de la región también desaparecieron, y cientos de grupos étnicos quedaron a merced unos de otros. Como ninguno de estos grupos tenía ni la más mínima experiencia en resolver sus diferencias mediante el debate democrático, la fuerza o la violencia se convirtieron en su árbitro. La retórica nacionalista se propagó por estas zonas como un incendio, porque proporcionaba a pistoleros y a señores de la guerra un vocabulario de autojustificación oportunista. Entre el miedo y el pánico que recorrió las ruinas de los estados comunistas la gente empezó a preguntar: ¿quién nos va a proteger ahora? Ante una situación de caos político y económico, la gente quería saber de quién se podía fiar y a quién podía considerar de los suyos. El nacionalismo étnico ofrecía una respuesta que era intuitivamente obvia: confía solo en aquellos de tu propia sangre.

Sangre y pertenencia: Viajes al nuevo nacionalismo – Michael Ignatieff