Así se crean terroristas – Noam Chomsky

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El debate sobre si la tortura ha sido eficaz para obtener información sigue siendo intenso; parece que la idea de partida es que si es eficaz está justificada. Según este argumento, cuando Nicaragua capturó al piloto de Estados Unidos Eugene Hasenfus en 1986 —tras derribar su avión cuando estaba entregando ayuda a las fuerzas de la Contra apoyadas por Washington—, no debería haberlo juzgado, declararlo culpable y luego devolverlo a Estados Unidos como hicieron, sino que deberían haber aplicado el paradigma de la tortura de la CIA para tratar de obtener información sobre otras atrocidades terroristas planificadas y llevadas a cabo desde Washington, no poca cosa para un país pequeño y empobrecido bajo la agresión terrorista de la superpotencia global.

Siguiendo el mismo criterio, si los nicaragüenses hubieran podido capturar al principal coordinador del terrorismo —John Negroponte, entonces embajador de Estados Unidos en Honduras (después nombrado primer director de Inteligencia Nacional, en esencia un pope del contraterrorismo, sin provocar ni un murmullo)— deberían haber hecho lo mismo. Cuba habría tenido justificación para actuar de manera similar si el Gobierno de Castro hubiera podido hacerse con los hermanos Kennedy. No hay ninguna necesidad de sacar a relucir lo que sus víctimas deberían haberles hecho a Henry Kissinger, Ronald Reagan y otros destacados comandantes terroristas, cuyas hazañas hacen palidecer a al-Qaeda y que sin duda tenían amplia información que podría haber impedido posteriores «ataques inminentes».

Esos ejemplos nunca surgen en el debate, lo que lleva a una evaluación clara de la excusa de la información valiosa.

Hay, a buen seguro, una respuesta: nuestro terrorismo, aunque sin duda es terrorismo, es beneficioso, lo que se deriva de la idea de la ciudad en un monte. Quizá la exposición más elocuente de esta tesis la presentó el director de New Republic, Michael Kinsley, respetado portavoz de «la izquierda». La organización Americas Watch (parte de Human Rights Watch) había protestado cuando el Departamento de Estado confirmó que las fuerzas terroristas de Washington recibieron órdenes oficiales de atacar «blancos fáciles» —objetivos civiles indefensos— y evitar al ejército nicaragüense, lo cual podían hacer gracias al control de la CIA del espacio aéreo de Nicaragua y a los sofisticados sistemas de comunicaciones proporcionados a la Contra. En respuesta, Kinsley explicó que los ataques terroristas de Estados Unidos sobre objetivos civiles están justificados si cumplen algunos criterios pragmáticos: una «política sensata [debería] resistir un análisis coste-beneficio», un análisis de «la cantidad de sangre y sufrimiento que se provocaran y la probabilidad de que emerja la democracia en el otro extremo»; «democracia» según los moldes determinados por las elites de Estados Unidos.

Las ideas de Kinsley no suscitaron quejas públicas, que yo sepa; por lo visto se consideraron aceptables. Parecería derivarse, pues, que los líderes de Estados Unidos y sus agentes no son culpables por llevar a cabo esas políticas sensatas de buena fe, ni siquiera si su juicio en ocasiones estuviera errado.

Quizá la culpa sería mayor, según los criterios morales imperantes, si se descubriera que la tortura del Gobierno Bush costó vidas estadounidenses. Esta es, de hecho, la conclusión a la que llegó el comandante Matthew Alexander (seudónimo), uno de los más experimentados interrogadores de Estados Unidos en Irak, que obtuvo «la información que condujo a los militares estadounidenses a localizar a Abu Musab al-Zarqawi, el jefe de al-Qaeda en Irak», según informa el corresponsal Patrick Cockburn.

Alexander solo expresa desprecio por los duros interrogatorios del Gobierno de Bush. Cree que «el uso de tortura» no solo no proporciona ninguna información útil, sino que «se ha revelado tan contraproducente que podría haber conducido a la muerte de tantos soldados estadounidenses como civiles murieron el 11-S». A través de centenares de interrogatorios, Alexander descubrió que los combatientes extranjeros llegaban a Irak como respuesta a los abusos en Guantánamo y Abu Ghraib, y que ellos y sus aliados locales pensaban en los ataques suicidas y otras acciones terroristas por las mismas razones.

También hay cada vez más pruebas de que los métodos de tortura que alentaron Dick Cheney y Donald Rumsfeld crearon terroristas. Un caso estudiado cuidadosamente es el de Abdallah al-Ajmi, encerrado en Guantánamo bajo la acusación de «participar en dos o tres escaramuzas con la Alianza del Norte». Terminó en Afganistán porque no pudo llegar a Chechenia para combatir contra los rusos. Después de cuatro años de trato brutal en Guantánamo fue devuelto a Kuwait. Más tarde logró llegar a Irak y, en marzo de 2008, estrelló un camión cargado de explosivos en un complejo militar iraquí. Trece soldados iraquíes y él mismo murieron en «el acto de violencia más atroz cometido por un ex preso de Guantánamo», según The Washington Post. Su abogado dijo que era el resultado directo de su encarcelamiento abusivo.

Como esperaría una persona razonable.

Extracto: ¿Quién domina el mundo? – Noam Chomsky