El Poder Comunicacional

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El implante social del poder político queda a cargo de una configuración de medios de comunicación social, o medios masivos de comunicación, o bien massmedia, a los que se agregan una segunda línea de elementos publicitarios, editoriales, cinematográficos, discográficos y también educacionales y religiosos, y su vehiculización por internet. El total de las porciones de estas actividades que puedan englobarse en los cometidos de la sociedad política, se denomina Poder Comunicacional y constituye en sí mismo el poder ideológico y un fuerte poder económico, y está cada vez más integrado al poder político.

Se los conoce también con el genérico de industria del entretenimiento, porque sus contenidos oriundos y predominantes han sido la información y el espectáculo, y en estos días se confirma esa etiqueta al nombrarse a sus protagonistas como farándula (profesionales de la diversión), mote que aceptan y celebran, periodistas incluidos. El desarrollo que alcanzaron les confiere una capacidad de maniobra que los torna extremadamente influyentes en la opinión pública, y la prodigalidad de su filón comercial ha hecho que vivan simbióticamente en un frondoso oligopolio. Ahí nadie atenta contra el negocio de nadie porque hay más que suficiente para todos, con gran parte del botín procedente del erario público, vía publicidad estatal e intercambio de favores.

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Por aquella influencia, la élite política ha adoptado una relación con ellos que giró de dinámica a dependiente en las últimas décadas, tiempos en que quedó sentado primero que la realidad la fabrican los medios, luego que se gobierna con los medios y por último, que gobierna la farándula. Y esto es indiscutible, dado que ningún político ejecuta o consiente un mero acto que tenga por referencia directa a la ciudadanía, o siquiera al electorado, sino que el patrón primario de medida es lo que los medios podrían decir del mismo…

Los massmedia emplean el espectáculo para todo, porque venden espectáculo. Lo venden como entretenimiento, como información o como influencia, y acorde a eso varía su clientela. Cuando es como influencia, su cliente tiene poder, paga por eso y recibe eso. Cuando es entretenimiento o información, tiene en realidad doble clientela: el ciudadano común que consume esos productos, y un poderoso que de un modo u otro paga por determinados contenidos. Vale decir que siempre están vendiendo influencia.
La influencia más inocente es la publicidad, si podemos llamar inocente al hecho de crear necesidades de consumo donde no las hay. El trabajo de la publicidad fue crear la sociedad de consumo para que los ricos continuaran siéndolo a través de las empresas en que invierten su riqueza. Y es al menos cuestionable que alguien que no sabe qué hacer con su dinero se ponga a fabricar cosas de dudosa necesidad y contrate publicidad para hacer obligatoria su compra.

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Una publicidad menos inocente es la venta de políticos y de actos de gobierno. Un político se designa, se le fabrica una imagen pública y se lo vende para votárselo, y nadie sabe realmente quién es y qué puede llegar a hacer en el futuro. El electorado no elige contenidos políticos sino que vota afectivamente por la catexia que la publicidad consiguió estimularle. Es una masa informe de gente inducida a votar del mismo modo que es inducida a comprar.Inclusive, los medios propalan la idea de que la autoridad pública es un poder. Hablan insistentemente del poder político como poder, y de las funciones públicas como lugares de poder, y esto lo repiten para que se entienda sin posibilidad de duda. En especial en los países en desarrollo, nunca esgrimen el concepto de autoridad (poder delegado y limitado a una función) y jamás deslizan el término servicio, porque mantienen lejos de la conciencia colectiva la noción de que los políticos son servidores de la gente. Su declamación es de democracia, pero su acción es confirmar la visión verticalista y totalitaria que la ciudadanía pueda hacerse de las estructuras estatales y políticas.Menos inocente aún es la actividad distractiva, que regula el volumen de atención del público en los diversos temas y de esta manera asigna valor a los mismos o directamente mantiene ocultos a algunos. O la hiperinformación, que devalúa por inflación el interés en lo que es importante; y la información selectiva o desinformación, que tiene que ver con el criterio de selección de las noticias y los temas de análisis, la información parcializada o recortada, y la carga de aire que se asigna, factores todos que dirigen el pensamiento de la población.Lo que de inocente no tiene nada es la inhibición de la crítica, que también con una matriz de selección que se implanta en la ciudadanía, se consigue una clasificación de las temáticas que pueden criticarse y que no pueden criticarse, con modelos de modo y grado de crítica adecuada o permitida. Por caso, se ve con mucha frecuencia a los animadores o presentadores estrella enojarse mucho con los ladrones y los violadores y poco con los evasores fiscales y los funcionarios corruptos. Estos modernos sacerdotes van a decir que estos son los valores de la comunidad y la cultura, o que eso es lo que la gente quiere ver; pero no dicen que ellos son quienes día a día fabrican los valores y la cultura, ni que la gente también querría ver que ellos les muestren modos más elevados y más productivos de pensar y analizar las cosas. Los medios aplican el principio del beneficio: ellos saben qué es bueno para la comunidad y se lo imponen, la suya es una tarea humanitaria, filantrópica. Sería la democratización de la dominación.Tan filantrópica que no descuidan a los sectores empobrecidos de la humanidad y se desvelan por ayudarlos. La defensa de los pobres es otro de los grandes negocios en los que abrevan: excepto Fracisco de Asís, nadie han perdido su dinero mezclándose con los pobres; por regla general, ocuparse a gran escala de ellos deja buenas ganancias, ganancias que luego no vuelven a los pobres…