El poder ideológico

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Es gracioso. Todo lo que tienes que hacer es decir algo que nadie entiende y van a hacer prácticamente cualquier cosa que quieras. Jerome D. Salinger

 

Una cosa es el análisis del poder como abstracción teórica, y otra muy diferente es cuando se ha personalizado, cuando alguien lo ha encarnado y estamos ante la figura del poderoso. Esta figura remite a los orígenes de la sociedad humana, signados por la banda y la horda primordial, que tenían una conducción difusa casi siempre a cargo de un macho patriarcal. La evolución trajo una comunidad compacta y los primeros líderes políticos, al surgir nuevos esquemas comunitarios que fueron la jefatura y la tribu, encabezados por un jefe.
El jefe detentaba el poder y disponía de la fuerza física para imponerlo; pero lo que comandaba era un conjunto de congéneres cruzado por lazos sanguíneos puestos en un ordenamiento signado por la dependencia mutua. Más que aplicar la bruteza, había que conquistar las voluntades y dejar la coacción para reaseguro. El jefe se dotó entonces de un asesor y colaborador especializado en el manejo de voluntades: el brujo, hechicero, chamán, o ese nombre tan profundo y genérico que persiste hasta nuestros días: el sacerdote.
Este sacerdote primitivo era el que explicaba la muerte de alguien como ira de alguna deidad, y también era el que le decía a un pastor que había que sacrificar a su hija virgen porque el dios tal lo había mandado. Ningún pastor se hubiese atrevido a preguntar cómo lo supo; y de haber sucedido, el brujo hubiese respondido que el mismo dios tal se lo había dicho. Con sus fábulas fabricaba las ideas del conjunto e imponía la fe para que no sean cuestionadas. Si se encontraba con algún problema, lo amparaba la fuerza física investida por el jefe.

La especie humana admite una muy variada gama de estilos de vida posibles, pero cada comunidad puede desarrollar su vida sólo en uno; por eso existe la cultura, que limita el campo al instaurar un armado de las cosas y descartar todos los restantes. La cultura nos dice qué es la realidad y cómo tenemos que interpretar el mundo, fijando límites y procedimientos. La religión fue hasta no hace mucho la encargada de generar cultura y definir las prohibiciones, penalizando y reprimiendo su incumplimiento.
El cometido fue el disciplinamiento social gestionado mediante la reducción cognicional (constreñir el conocimiento); esta se lograba por limitación dogmática reforzada con un edificio mitológico y amenazas virtuales. Amenazas que según época y lugar, han pasado a ser bastante reales y concretas. Excepto el Infierno, que por tan delirado es imposible de reproducir en los hechos, hemos visto y documentado la mar de las calamidades en ese sentido (la Inquisición es la más notoria).
El principio reside en que lo que la gente tiene que saber es una cantidad determinada de cosas, las que están revestidas de certeza total. De todo lo demás, no se habla y a veces hasta pensarlo es un pecado (tabú). Es el poder quien promueve las certezas como recurso para no ser cuestionado, para ser ciegamente acatado. El conocimiento genuino, el que no proviene de los intereses de los poderosos, no contiene tantas certezas. Por eso el poder siempre se ocupó –con cuánta transparencia vemos esto en nuestros días- de aglutinar a la gente para mantenerla obtusa, para explicarle la vida y resolvérsela mediante simplificaciones brutales, cruentos maniqueísmos o la noción de misterio, que no son otra cosa que violencia intelectual. Con esto se consigue la obediencia.