La Concentración del Poder Político

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Para que cualquier poder tolere algo diverso de él, tiene que ser obligado; la hipercentralización genera poderes muy grandes y paralelamente, desorganiza al resto porque se enseñorea un flujo centrípeto que sustrae energía y sustancia a lo externo para llevárselo a lo central: así, el resto no consigue una presión suficiente para obligar al poder a nada y queda a su entera merced.

Conste que estamos hablando de masas y democracia conviviendo; siendo ambas categorías incompatibles, negadoras una de la otra, deducimos que una de ellas no está sustancialmente presente, que está nada más su espectro. La democracia entendida etimológicamente, o sea, el gobierno del pueblo, requiere que haya un pueblo. Si la característica de la masa es que sus integrantes han abdicado de su individualidad, tendremos pueblo cuando logremos que las personas jamás pierdan del todo su individualidad, es decir, su conciencia de identidad. Aquí surge una cuestión cuantitativa: un pueblo vivo, consciente, no puede tener cualquier dimensión, no puede ser tan extenso que sus individuos pierdan el suficiente contacto entre sí y con su realidad común y, lo peor, sus posibilidades de expresión singular hacia el poder rector.

Para que un grupo humano funcione como pueblo en su relación con las instituciones, su realidad común tiene que limitarse. ¿Hasta dónde? Hasta que el contacto entre los individuos sea suficiente para que se palpe una identidad común. Hasta donde cada sujeto tenga cómo expresarse singularmente a oídos del poder. Claro que no se habla de achicar el país. El país tiene un Estado nacional y en lo que a él respecta, todos componemos un pueblo político al que se relaciona por los medios masivos de comunicación y las dependencias públicas y que se expresa con su voto y sus impuestos.

Si este esquema se circunscribe a ciertos aspectos generales de la política, los individuos tolerarán la pasividad y pequeñez que se les impone; pero si toda la vida política y cívica obedece al mismo patrón, la pequeñez se hace omnipresente y destruye la individualidad. De este modo, un Estado gigantista que concentra todo, reduce al pueblo a masa y sustenta instituciones y medios de comunicación esencialmente masificadores y deshumanizantes.

Hay que pensar por lo tanto al pueblo, no como una masa insuflada mágicamente de ciudadanía, sino como un conjunto dinámico de unidades menores pero autónomas, células. El pueblo no es un protoplasma que se expande indefinidamente, eso es la masa. Pero en aras de generar una situación de pueblo concomitante con una democracia sustancial y no delegativa o formal, es imprescindible descentralizar todo lo que sea descentralizable.