Una guardería en Italia derriba los muros y prejuicios de la cárcel

Con sus colores cálidos y sus habitaciones llenas de juguetes, la guardería Biobab se parece a las otras, aunque en realidad es muy particular: derriba muros y prejuicios.

Situada dentro de la prisión de Bollate, en Milán, el jardín de infancia acoge a los hijos de los detenidos, de los guardias y de los residentes del barrio y constituye un experimento social innovador y exitoso.

Construida en las instalaciones nuevas de la cárcel con el objetivo de mejorar el bienestar del personal, la guardería inicialmente no fue usada por los empleados, al parecer reacios a cambiar sus costumbres, señala a la AFP el director de la cárcel, Massimo Parisi.

Al final se decidió abrirla al público tras la petición inesperada y entusiasta de los vecinos de la cárcel.

Un niño juega en el jardín infantil del centro penitenciario de Bollate, a las afueras de la ciudad italiana de Milán, el 12 de octubre de 2017© AFP Marco Bertorello

“Fue una sorpresa para nosotros. Las familias de los barrios cercanos reaccionaron de manera muy positiva y comenzaron a traer a sus hijos aquí”, afirma Parisi.

“Se superaban así muchos prejuicios, porque, obviamente, es algo bastante novedoso llevar a los propios hijos a la cárcel”, reconoce.

Superar tabúes

La llegada de los niños de los vecinos generó un efecto positivo y el personal de Bollate empezó a traer también a sus hijos pequeños.

Desde diciembre del 2016, la prisión abrió una nueva sección para dar cabida a los niños que viven con las reclusas en las celdas, todos de menos de tres años, los cuales también pueden ir a la guardería.

Una educadora del jardín infantil del centro penitenciario de Bollate, a las afueras de la ciudad italiana de Milán, sube a un niño a un caballo el 12 de octubre de 2017© AFP Marco Bertorello

“Mezclar a los niños, sin distinción, resultó una idea original y lanza un mensaje maravilloso sobre la integración y sobre cómo derribar muros”, sostiene Parisi.

La guardería además invita a expertos para organizar actividades relacionadas con la naturaleza y los animales, gracias a que cuenta con grandes jardines y zona de juegos.

La mañana en la que la AFP visitó el jardín infantil, los niños más pequeños jugaban con un perro, mientras que otro grupo descubría el mundo de los caballos.

Federica Ridolfi, madre de uno de los chicos que reside cerca de la prisión, confesó que al principio tenía dudas sobre si era bueno inscribir a su hijo a una institución entre rejas.

Pero esas dudas “pronto desaparecieron cuando visitó el edificio y el jardín infantil y comprendió el valor del proyecto”.

Una educadora (i) lleva de la mano a uno de los alumnos del jardín infantil del centro penitenciario de Bollate, a las afueras de la ciudad italiana de Milán, el 12 de octubre de 2017© AFP Marco Bertorello

“Y si bien se trata de una guardería dentro de una prisión, no es necesario entrar en la cárcel, ni someterse a controles”, agrega, ya que la guardería tiene su propia entrada independiente.

Una riqueza

Simona Gallo, una de las educadoras de Bollate, inscribió a sus gemelas en Biobab, con la “tranquilidad” de que las tiene cerca, relata.

“Reunir niños de origen diferente y que han vivido cosas tan distintas, enriquece mucho”, recalca.

Bollate, además, está a la vanguardia en ese tipo de experimentos: abrió también un restaurante, In gallera (En la cárcel) se llama, donde la comida y el servicio están a cargo de los detenidos.

La guardería, que tiene 24 cupos, está llena: ocho niños son externos, de dos a cinco son hijos de detenidos y los demás son hijos del personal.

“Desde el punto de vista de la convivencia (…), no ha habido problemas entre los padres y menos aún entre los niños”, sostiene Dafne Guida, presidente y directora de la cooperativa que administra el jardín infantil.

Dafne Guida, presidente y directora de la cooperativa que administra el jardín infantil del centro penitenciario de Bollate, a las afueras de la ciudad italiana de Milán, posa el 12 de octubre de 2017© AFP Marco Bertorello

Para los hijos de los presos, la guardería es clave porque “estimula la socialización” y les ofrece una educación más estructurada, indica.

Según Valeria Caenazzo, responsable del equipo de educadoras, se ha observado que los niños que viven dentro de la cárcel han mejorado tanto a nivel del comportamiento como de las relaciones sociales.

Como son pocos los niños que viven en la prisión, el hecho de “poder jugar con otros niños” es muy positivo, comenta.

“A las madres les mostramos fotos, filmes, dibujos” para que puedan ver y participar de los progresos que hacen, explica Caenazzo. “Los ojos les brillaban al ver que sus hijos son como los demás”, cuenta satisfecha.

Con información de 24 Matins

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