En la región india de Punyab, el destino de los hijos pródigos está en Occidente

Todos los domingos por la mañana la familia del granjero indio Gurmej Singh se reúne en torno a la pantalla de un teléfono móvil para ver aparecer el rostro de su hijo pródigo Deepak, que a los 28 años lleva casi una década instalado en Australia.

Esta familia sij de Punyab no han podido abrazar al joven desde que en 2008 lo incitaron a tomar un avión rumbo a Sídney para hacer fortuna, pero sobre todo para colmar de orgullo a sus parientes.

En esta región del norte de India, una de las más ricas del país, la emigración estimulada por presiones familiares, no necesariamente económicas, se practica a una escala industrial.

“Le mostramos la casa y los parientes”, contó Gurmej, de 60 años, sentado en las escaleras de su imponente casa. “Él se informa sobre las novedades del pueblo, pregunta quién está vivo, quién murió”, agregó.

Entre los estratos más acomodados de Punyab, una zona conocida por su templo dorado, emigrar al extranjero o tener un pariente en países occidentales es casi una obligación social.

Este flujo migratorio tiene la particularidad de estar más ligado a una forma de competencia propia de esta región que a una necesidad económica.

“Las familias que tienen un pariente establecido en un país desarrollado se consideran como superiores en términos sociales”, explicó Gurpreet Singh Bedi, director de la Confederación de Industrias Indias de Amritsar. “Existe una presión social, aunque la gente no lo admita”, dijo.

Un buen partido

Deepak partió a Australia sólo con una visa de estudiante, pero con una hoja de ruta clara: tenía que quedarse en el país. Tras llegar oficialmente para estudiar cocina, comenzó a trabajar en el lavado de coches y actualmente es empleado de una residencia para ancianos.

El año próximo podrá lograr el ansiado permiso de residencia permanente. Para sus padres, este es un premio que consagra años de esfuerzos y de sacrificios.

La emigración a Occidente tiene un precio alto para las familias. En el caso de Deepak, sus padres invirtieron entre 1,5 a 2 millones de rupias (entre 20.000 y 27.000 euros, 23.500-31.700 dólares) y mientras su hermano se quedó a cargo del trabajo del campo.

Pero para ellos todo el esfuerzo vale la pena.

“Antes, él sólo había recibido una sola proposición de matrimonio. Pero ahora todos quieren ofrecerle a sus hijas, todas quieren partir al extranjero”, dijo orgullosa su madre, Narinder Kaur.

En India, los matrimonios arreglados siguen siendo la norma y para los residentes de Punyab emigrar es una forma de conseguir un mejor partido.

Cuando la matriarca habla de la lejanía de su hijo, algunas lágrimas surcan su rostro.

“Hay buenos y malos momentos”, confesó.

Narinder Kaur, de 54 años, habla de su hijo Deepak Singh, que vive en Australia, el 6 de julio de 2017 en su casa en Kotladoom, India© AFP Narinder Nanu

Las esperanzas son un peso difícil de soportar para los jóvenes elegidos, ya que volver al país se considera un fracaso. De ellos se espera que cuando visiten su región natal, lleguen con un permiso de residencia permanente o un pasaporte, como prueba de su buen paso en su país de acogida.

En 2016, un joven de la ciudad de Amritsar se suicidó en Melbourne tras haber fracasado a la hora de conseguir un permiso de residencia permanente. Y en la región abundan los reportes de muertos intentando emigrar a Occidente.

Fiebre

En Punyab, la emigración es una fiebre que llegó a todos los rincones de la región.

En los diarios y en la televisión abundan las publicidades de empresas que ayudan a emigrar y abundan las instituciones educativas que enseñan idiomas.

En una clase de francés a la que asistió un periodista de la AFP, casi la totalidad de los alumnos estudiaban con el objetivo de emigrar a Canadá.

En India, la mayoría de las migraciones son del campo a las grandes ciudades del inmenso país. Las grandes metrópolis del subcontinente como Nueva Delhi o Bombay atraen a muchos trabajadores pobres de las zonas rurales.

De las personas que emigran al extranjero, la mayoría de ellos son obreros que trabajan en la construcción en Medio Oriente.

Pero en Punyab, el objetivo es ir más lejos: a Canadá, Australia, el Reino Unido o Nueva Zelanda.

Aunque no existen estadísticas fiables, se estima que miles de jóvenes inician cada año un éxodo a tierras lejanas.

Según los estudios universitarios, la globalización ha hecho que evolucionen los criterios sociales de lo que constituye un marcador de prestigio.

Antes, en las castas dominantes el signo de prestigio era la posesión de tierras, pero ahora la gente juzga más el éxito por los logros materiales que hayan logrado los emigrados de la familia y la ostentación que hagan de ello en su región natal.

Narinder Kaur, de 54 años, muestra unas fotografías de su hijo Deepak Singh, que vive en Australia, el 6 de julio de 2017 en su casa en Kotladoom, India© AFP Narinder Nanu

En este sentido, los expertos que visitaron 133 aldeas de la región para un estudio no encontraron ninguna localidad donde no hubiera al menos una familia con un pariente emigrado al extranjero. Este flujo ha sido facilitado por una diáspora que históricamente ha estado bien implantada, lo que facilita el aterrizaje en una tierra desconocida.

“Muchos sij de Punyab estaban incorporados en el ejército (colonial) británico, que los destinaba a lugares en todo el mundo. Esto creó una red que fue creciendo”, explicó Aswini Kumar Nanda, profesor del Centro de Investigaciones sobre el Desarrollo Rural e Industrial de Chandigarh.

Para los jóvenes punyabíes, comenzar una vida en Occidente puede implicar comenzar ejerciendo trabajos muy poco cualificados.

Aunque “si uno parte al extranjero, la sociedad va a respetarte, poco importa lo que hagas allá”, resumió Gurpreet Singh Bedi.

Con información de 24 Matins

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