Antisemitismo en Europa

Un viejo fantasma vuelve a recorrer Europa. Desde Varsovia a París, desde Berlín a Londres, el antisemitismo reaparece y empieza a ser combatido ante el silencio y la complicidad de una parte de las élites políticas y mediáticas.

Una parte de Alemania vuelve a avergonzarse. Algunos, no muchos, miles de ciudadanos han salido a las calles portando una kipá como muestra de rechazo a la agresión de un joven que portaba la gorra ritual judía en un barrio de la capital alemana. El agresor es un refugiado sirio de 19 años. La víctima resultó ser un miembro de la minoría árabe de Israel, que decidió utilizar ese distintivo precisamente para demostrar a un amigo que se podía pasear tranquilamente en Berlín con una kipá sin ser agredido por ello.

Es el último ejemplo del recrudecimiento del antisemitismo en Alemania, 70 años después del exterminio de judíos organizado y ejecutado por el régimen nazi y algunos de sus aliados europeos.

La propia Canciller, Angela Merkel, debió salir a la palestra para reconocer que el antisemitismo en su país es un hecho intolerable, algunos de cuyos protagonistas son miembros de la comunidad “árabe”. A Merkel y a buena parte de los políticos alemanes del “establishment” les ha costado reconocer que, como en el caso de la agresión de Berlín, muchos de los autores de acciones antisemitas son refugiados procedentes de países musulmanes recién acogidos en Alemania. El partido “Alternativa para Alemania”, que ha arañado muchos votos a los democristianos de Merkel, ha ganado apoyo —entre otras razones— por denunciar lo que el resto de formaciones políticas callaban, negaban o disimulaban.Ahora, algunos de los representantes de esos partidos se han puesto la kipá para contribuir a la denuncia del odio a los judíos que, como en otros países europeos, proviene no tanto del viejo antisemitismo de extrema derecha, sino de buena parte de la juventud europea de confesión musulmana y una parte de izquierda desprovista de los votantes de lo que antes se denominaba clase obrera.

Alemania: antisemitismo con música y premio

En Alemania, el episodio de la kipá tiene lugar pocos días después del escándalo suscitado por la atribución del galardón musical más importante del país, el premio Echo, a los raperos Kollegah y Farid Bang. El primero, es un alemán con familia argelina, que se convirtió muy joven al Islam. El segundo, es de origen marroquí, nacido en la ciudad española de Melilla. Las letras de las canciones premiadas —alguna llamando a un nuevo Holocausto— se consideran antisemitas, misóginas y homófobas, pero así y todo, los autores recibieron su trofeo y miles de aplausos. Horas más tarde, y ante la creciente indignación, la Federación de la industria musical alemana tuvo que reconocer la gravedad de la situación. Un poco tarde; muchos artistas galardonados anteriormente con el premio decidieron devolverlo, como hizo el director de orquesta argentino-israelí Daniel Baremboim, responsable musical de una de las dos grandes óperas de Berlín.Francia: “limpieza étnica”

En la vecina Francia, y por las mismas fechas, 300 intelectuales, artistas, escritores y responsables religiosos, incluidos imanes musulmanes, y políticos de derecha e izquierda rubricaron un manifiesto en el diario Le Parisien en el que denunciaban que su país se ha convertido en “el escenario del antisemitismo asesino”. Los firmantes denuncian que “al viejo antisemitismo de extrema derecha se añade el de una parte de la izquierda radical que ha encontrado en el antisionismo la excusa perfecta para transformar a los verdugos de los judíos en víctimas de la sociedad”. Todo ello con fines electorales, añaden más adelante.

Para “los 300”, en la historia reciente de Francia, once judíos han sido asesinados y torturados por islamistas radicales, “solo por el hecho de ser judíos”, y denuncian también que el 10% de la población (50.000 judíos) del departamento Isle de France, donde se encuentra París, ha debido mudarse a otras zonas porque no se sentían seguros en sus barrios. Se trata, según ellos, de una “depuración étnica silenciosa”.Francia es el país con más ciudadanos judíos y con el mayor número de musulmanes de Europa. Los responsables de la comunidad judía aconsejan a sus miembros de no lucir la kipá en la calle, para evitar las agresiones que se multiplican en los barrios donde conviven con vecinos de origen árabe. El auge del antisemitismo en el único país europeo que se ha cobrado vidas en el siglo XXI ha provocado al aumento del número de franceses judíos que abandonan su país para trasladarse a Israel.

Los actos antisemitas se multiplican en Europa y ya no es políticamente incorrecto, como hace meses, señalar objetivamente que muchos de los autores de esos hechos son refugiados provenientes de países de Oriente Medio, como los que en diciembre pasado atacaron con cócteles Molotov la sinagoga de la ciudad sueca de Gotemburgo y profanaron el cementerio judío local.

UK: el laborismo, en la picota

En Reino Unido el antisemitismo es también una importación de la emigración musulmana, afirmaba ya en 2013 el periodista británico de origen indio Mehdi Hassan, para quien el antisemitismo es, para ciertos musulmanes de ese país,”nuestro pequeño y feo secreto”.

Pero el antisemitismo en Reino Unido no es un reciente producto de la geopolítica. Ya en los años 60 otra forma de antisemitismo se desarrolló camuflado en el antisionismo y la crítica a Israel de la extrema izquierda.

El actual líder de los laboristas británicos, Jeremy Corbyn, es objeto en la actualidad de un diluvio de críticas por no querer condenar explícitamente el antisemitismo que ha teñido a ciertos sectores de su partido en el pasado y en el presente, y por su complacencia con declaraciones y acciones de organizaciones negacionistas de la Shoá. Una de las corrientes del Partido Laborista ha tenido que reconocer recientemente, por primera vez, “el enfado, la pena y la angustia de los judíos británicos antes los casos de antisemitismo dentro del partido”.Polonia y Ucrania: ocultar su Historia

En la reescritura de la historia que algunos gobiernos de Europa Central iniciaron para borrar las huellas de su participación en las matanzas de judíos, Polonia acaba de dar un paso más con la ley que castiga mencionar la complicidad de ciudadanos polacos con el nazismo. El gobierno nacional-conservador de Varsovia cree poder borrar así capítulos negros de la historia del país, como los pogrom (matanzas de judíos) de las ciudades de Jedwabne y Kielce, obra de ciudadanos polacos sin intervención alguna de los ocupantes nazis.Pero lo peor de ese ocultamiento vano de la realidad es que dispara y banaliza la impunidad del antisemitismo primario que nunca ha abandonado del todo a ciertos sectores de la sociedad polaca.

El último escándalo en este sentido se produjo durante una emisión de la televisión pública en la que se dejaron pasar mensajes escritos de telespectadores del tipo: “Los judíos han mostrado su verdadero rostro: la industria del Holocausto les sirve para exigir millones de deudas imaginarias de Polonia”. Otro mensaje decía que los judíos “son peores que los islamistas y los comunistas juntos”.

Nada que genere la indignación de los dirigentes de la televisión oficial, pues incluso el director de la segunda cadena y un famoso publicista no se privan de hacer bromas en directo sobre las cámaras de gas.

El Centro Simon Wiesenthal y una comisión de congresistas norteamericanos de ambos partidos han denunciado también recientemente el antisemitismo en Ucrania, donde el libro de un historiador británico sobre la Shoá por bala (ejecución de miles de judíos ucranianos a balazos) acaba de ser prohibido

El antisemitismo como añagaza electoral, como vector de demonización necesario para exculparse de faltas propias o para desviar la atención del ciudadano con supuestas conspiraciones exteriores sigue funcionando en Europa décadas después de uno de los capítulos más negros de la historia del Continente.

Con información de Sputnik

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