Cómo se opera a un paciente que puede explotar en cualquier momento

En el verano de 2014, una mujer embarazada de 23 años ingresó en el hospital militar de Bagram Air Field en Afganistán con un corte en la mejilla izquierda. Dijo que algo le había golpeado en la cara pero no recordaba el qué. Sin embargo, sentía que la visión de su ojo izquierdo era extraña.

Como contaba en un artículo en NPR el doctor Travis Newberry, cirujano y comandante de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, “ese fue el único aviso que tuvimos de que algo más estaba sucediendo”. Una tomografía computarizada mostró que la mujer tenía algo grande alojado de forma vertical dentro de la cabeza. Según Newberry:

Se extendía justo por encima de sus dientes a través de la base del cráneo, tocando el cerebro. Era terriblemente grande y no era una bala fragmentada, que es lo que solemos ver. Se podía ver el proyectil, que tenía la forma de una bala, pero también se podía ver una especie de borde alrededor de él.

Image: La bala alojada en el cráneo de la mujer (Forbes et al. 2016/Journal of Neurosurgery)

Podría tratarse de una bala, o de algo mucho peor: un proyectil o explosivo que todavía no había detonado. Si era la segunda opción, no sólo corría peligro la paciente, cualquiera que estuviera cerca podría poner su vida en peligro, especialmente si la explosión llegaba a materiales inflamables en la sala de operaciones. Según explicaba Newberry:

Ese fue el punto donde todo estuvo expuesto y yo me quedé solo expuesto, así que supongo que durante todo el caso fue la parte más aterradora.

El doctor extrajo el objeto y se lo entregó a un experto en explosivos. Resultó ser una bala de metal. El equipo se quitó el equipo de protección, todos regresaron a la sala nuevamente, y comenzaron a reconstruir el rostro de la mujer. Salió del hospital cinco días después.

Image: Forbes et al. 2016/Journal of Neurosurgery

¿Se trataba de un caso insólito o la literatura médica contaba con otros casos de explosivos sin detonar en el interior del cuerpo humano?

Resulta que hay más, aunque no muchos, y la mayoría casos militares. En el año 1999 salió el estudio Stratification of risk to the surgical team in removal of small arms ammunition implanted in the craniofacial region, un trabajo donde se recopilaban los 36 casos de este tipo de lesiones (la mayoría causados por el lanzagranadas M79, responsable de 18 casos) en la literatura médica.

Image: M79 (Wikimedia Commons)

Entre ellos se contaba la historia de Channing Moss, el soldado al que le golpeó una granada propulsada que se enterró en su abdomen casi completamente de un lado a otro, con parte del dispositivo aún sobresaliendo.

Los soldados involucrados vendaron su enorme herida y optaron por no informar a los superiores de la condición exacta de Channing en caso de que les ordenaran dejarlo. En su lugar, solo informaron que tenía una lesión grave por metralla. Luego lo llevaron a un punto de extracción mientras estaban en mitad de la batalla.

Finalmente, la tripulación que transportaba en avión a los soldados se enteró de la situación y también acordaron que no iban a dejar atrás a Channing, a pesar de que habría significado la muerte de todos si el dispositivo hubiera explotado en pleno vuelo.

Image: Channing Moss (DM)

Una vez de regreso en la base, no hubo tiempo para configurar una estación médica aislada del resto de los heridos, Channing se encontraba en estado crítico. Simplemente operaron, incluso en un momento en el que tuvieron que lidiar con el hecho de que su corazón se detuvo a mitad de la cirugía y que estaban muy limitados en sus opciones dado el explosivo incrustado en su cuerpo. Channing finalmente sobrevivió.

También está la historia de José Luna, un soldado colombiano que recibió un disparo accidental en la cara por un lanzagranadas. El hombre se levantó y caminó después de varias rondas de cirugía para eliminarlo y reparar el daño lo mejor posible.

Lo más impresionante es que en todos los casos en que un paciente con municiones sin explotar dentro de su cuerpo pudo llegar a la cirugía, el equipo quirúrgico pudo extraer el explosivo sin que explotara, y el paciente en cuestión sobrevivió. Y gran parte de culpa de ello lo tiene los expertos en eliminación de artillería explosiva, quienes suelen estar disponibles para ofrecer asesoramiento antes y durante la cirugía.

Image: Radiografía de José Luna (ABC)

Además, desde el momento en que un objeto dentro del cuerpo de una persona se identifica como un explosivo, se toman múltiples pasos para reducir la probabilidad de que detonen. Estas medidas incluyen mantener al paciente lo más quieto posible y limitar el uso de dispositivos electrónicos o de calefacción durante la cirugía.

Para proteger al equipo quirúrgico y a otros en caso de que ocurra lo peor, la cirugía para remover un explosivo generalmente (si el tiempo y las circunstancias lo permiten) se lleva a cabo lejos de las personas en un área diseñada para absorber el daño de la explosión. A los cirujanos a menudo también se les da equipo de protección, aunque algunos optan por renunciar porque les impide moverse con habilidad.

En cuanto a casos de “civiles” que accidentalmente atrapan dispositivos explosivos dentro de sus cuerpos, el número es reducido, pero también se han dado.

Por ejemplo, en enero de 2017, momento en que un paciente se presentó en una sala de emergencias de Texas. Los médicos inicialmente pensaron que se trataba de un caso típico de traumatismo en la pierna. Pero una radiografía reveló que había un objeto incrustado en la pierna, en realidad, una parte potencialmente explosiva de fuego artificial tipo mortero.

Image: Artefacto de fuego artificial en el muslo (L.C. Thaut et al./Journal of Emergency Medicine/Elsevier)

El paciente de 44 años le dijo a los médicos que había intentado encender los fuegos artificiales, pero inicialmente no se dispararon, por lo que supuso que no había peligro. Se acercó, volvió a recargar el dispositivo y antes de darse cuenta el artefacto se disparó y se incrustó en su cuerpo.

Debido a que el dispositivo en el muslo del hombre podría explotar, el hospital contactó con un equipo de técnicos de eliminación de artillería explosiva (EOD), así como con el departamento de bomberos. Se colocó al paciente en una habitación lejos de otros pacientes y se le dijo que permaneciera quieto para minimizar el peligro.

El departamento de bomberos recomendó a los médicos que trataran la lesión con agua (lo que ahogaría el fusible) y evitar el uso de un procedimiento que calentara el tejido con electricidad (llamado electrocauterio), ya que esto podría conducir a una detonación. El hombre tuvo suerte, no explotó y sobrevivió.

Por tanto, existe toda una serie de recomendaciones y formas de actuar ante esos pacientes que, aunque pocos, forman parte de la literatura médica al entrar en una sala de urgencias con un explosivo en el interior de su cuerpo que no se ha detonado.

Y que nadie sabe si lo hará en cualquier momento. [NPRLiveScienceScienceDailyDailyMailFox]

Con información de Gizmodo

Ayuda a mantener en línea nuestro WebServer. Te necesitamos para poder seguir haciendo publicaciones y seguir generando contenido.

Be the first to comment

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*


This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.